Entre aficionados al jazz escucho y leo con frecuencia que The Blues and The Abstract Truth se justifica solamente por Stolen Moments. En absoluto comparto esta reducción al absurdo. Nunca entendí el despecho para el ensalzamiento ya sea en la música como en cualquier aspecto de la vida; la grandeza de Picasso s
e observa en su obra y no en su comparación con otros artistas, leer a Faulkner no será a costa de olvidar a García Márquez, para gozar de Ella Fitzgerald sea preciso desdeñar a Sarah Vaughan si además podemos disfrutar de otras voces como la de Abbey Lincoln. Si el tema que abre el trabajo de este colectivo de músicos merece todos los elogios, al unir el atractivo del blues y la generación de un palpitante swing, no debe ser a costa del menosprecio del resto de composiciones que particularmente considero excepcionales. Que no me priven de Yearnin’ ni de cada uno de los sonidos de un Bill Evans inconmensurable que, como es la norma, deja evidencias su peculiar forma de tocar y, como también es habitual, lo hace para beneficio del conjunto y gozo de quienes escuchan. Que no nos roben el desbordamiento sonoro de todos y cada unos de los elementos de este disco.
Algo muy valorado de este trabajo es la labor de ensamblaje que realiza el menos conocido de todos ellos; Oliver Nelson. Juntar a un grupo de grandes del jazz no debe ser fácil, que todos suenen para todos, aún más complicado cuando lo habitual es la búsqueda del efectismo y la absurda tendencia a dejar constancia de la presencia de cada integrante. Oliver Nelson logra que todos toquen para las composiciones y no que éstas sean pretexto para el lucimiento personal, por ello, en ese buscarse los unos a los otros aparece la maravilla de un sonido compacto que hace de este viejo disco de jazz, junto a otras virtudes sonoras, uno de los muchos con derecho a ocupar un lugar relevante en cualquier discoteca personal.
No puedo negar que Bill Evans es mi debilidad pero, cómo despreciar las baquetas y las escobillas de un Roy Haynes sugerente o la aportación casi silenciosa, sin estridencias y constante, como los latidos de un corazón, de Paul Chambers. En los metales, es Freddie Hubbard quien se luce en solos que realza George Barrow con un sentido de la armonía muy desarrollado y que se muestra indispensable en la labor de integrar todos los sonidos de la sección. Pero, sobre todos y sin olvidar la aportación de Eric Dolphy, Oliver Nelson es el alma porque, además de su tarea de conjuntar y armonizar a este elenco variopinto de músicos, se expresa con un sentido de la melodía portentoso, alejado de exhibicionismo absurdos y juegos de artificios inoperantes y por ofrecer al resto de músicos unas composiciones maravillosas.
Verdad abstracta en cada fraseo, en cada solo, en cada nota; en cada momento de una audición necesaria.
Desde la primera audición de Broken Wing, siempre que el reproductor entra en funcionamiento tengo la misma sensación. Al sonar las primeras notas de la trompeta y unirse la batería, el piano y, más tarde el contrabajo, siempre me ocurre lo mismo: cierro los ojos y me encuentro en una especie de club de jazz, con luces débiles y una atmósfera cargada de humo, olor a tabaco, a güisqui y un murmullo constante de conversaciones a media voz que no cesa. Poco a poco los músicos hacen que sólo se oigan sus instrumentos y, si todos fuimos a escuchar la trompeta -famosa por sus medios tonos, por el lirismo y profundidad de su sonoridad- es el piano el que me atrae sobre manera.
Suele ocurrir en ocasiones. Te acercas a escuchar a alguien en concreto, normalmente al que figura con letras más gruesas en el cartel anunciador, y percibes desde el principio que no está sólo, que le acompañan otros músicos y que el talento de estos no desmerece, sólo que el reconocimiento y la fama aún no les ha alcanzado; igual nunca lleguen a tenerla. Eso sucede en el caso de Phil Markovich, pianista que me impacta de manera muy especial en esta grabación. Es cierto que todos los músicos brillan colectivamente, todos tienen su tiempo, todos y cada uno de ellos suenan para el resto sin restarles, ni restarse protagonismo o brillantez. Por eso este Broken Wing es una joya. Cuando se comenta la música de Chet Baker siempre se hacen referencias a ciertos aspectos no estrictamente musicales; en esta grabación se muestra como un líder solidario e inteligente. Existen líderes que están lejos de la inteligencia, me refiero a esos que lo son más por ser producto de discográficas que por su calidad musical. Baker crece en este cd como músico, su trompeta no solo es brillante sino que tiene la cualidad de interpretar, con los sonidos que sólo él es capaz de lograr, es decir de manera suave y delicada; Sin estridencias ni necesidades de grandes alharacas y concesiones a la galería. Prueba de ello, se puede encontrar en cualquiera de los cinco temas y las dos versiones alternativas que se registran en esta grabación, pero por ser el único en el que canta, Oh You Crazy Moon me parece un ejemplo evidente de lo que quiero decir.
El concepto de perfección es estático en sí mismo puesto que algo perfecto supone que no es susceptible de ser mejorado, consecuentemente significa que es algo acabado, sin posible evolución. En este sentido, es una reliquia, algo a lo que adorar pero inservible, estéril. Profundizar en la imperfección es moverse, buscar en lo que nos interesa como personas, en su vertiente más individual o colectiva. Me gusta el jazz porque significa imperfección o dicho de manera que seguro satisface mejor a los jazzeros más ortodoxos, por su búsqueda constante de la perfección. En ese camino nos encontramos con una música viva y ávida de cualquier novedad que asimilar, mezclar, experimentar. Por todo ello, las etiquetas en el jazz sólo son válidas como instrumento didáctico. Si existiera la perfección, este Broken Wing estaría muy cerca.
Siempre resultó placentero tomar entre las manos la capeta del LP y mirarla una y otra vez en las primeras audiciones del disco que acababa de adquirir. Leía su información, aprendía los nombres de los temas, los músicos que participaban; retenía el sello discográfico, el productor, la fecha de grabación y cualquier dato, opinión o información que sobre el disco trajera impresa la carpeta. En la actualidad las viejas carátulas adquieren condición de objeto de arte, y es frecuente saber, por ejemplo, de alguna exposición sobre las mismas. Los soportes para escuchar música están cambiando de forma veloz; los vinilos fueron sustituidos por los CDs y aunque se mantuvo ciertas apariencias, no era lo mismo.
Nunca, como con la llegada del siglo XX, la música pudo ser almacenada y difundida de tal manera que se generalizara su audición. Los historiadores disponen desde entonces de fuentes magníficas, en estas grabaciones, para conocer mejor la cultura musical o las inquietudes sociales del siglo pasado. Sin entrar en la calidad y calidez de los nuevos medios para reproducir música, sin teorizar sobre la excesiva importancia que le damos a la capacidad de almacenamiento o el desdén hacia otros factores, lo que parece evidente es que estamos en un nuevo tiempo donde las portadas de estos viejos soportes están en peligro de extinción.
Con éste, inicio una serie de post en los que iré colocando las portadas de los discos de la colección de jazz que comencé con el primer salario. No guardarán un orden cronológico, ni se agruparán por estilos, admiraciones o despechos. Irán apareciendo sin otro criterio que el casual. Eso sí, pinchando en cada carátula podrá acceder a algo de lo que encontré en la blogosfera; en ocasiones sobre el mismo disco, en su defecto, sobre el artista. Es una forma de reconocer el trabajo de los muchos blogueros que gustan del jazz y dejan constancia de ello.





















Las grandes orquestas, esas que todos conocemos por
big bands, lo son por los músicos que las integran. En este sentido nunca hubo una agrupación de solistas tan buena como las que consiguió ensamblar el gran
Duke Ellington. Sus orquestas se caracterizaron porque Ellington supo rodearse de músicos con un marcado sonido individual y porque él siempre les animó para que dejaran traslucir su propia personalidad en sus interpretaciones. Duke Ellington tocaba el piano pero, como suelen decir quienes saben de estas cosas, su verdadero instrumento era la orquesta y en ésta, Duke, supo escribir la música en función de los integrantes y recoger, en los arreglos, las sugerencias y aportaciones de sus músicos. No es pues de extrañar la fidelidad de quienes decidieron permanecer a su lado largo tiempo pese al reconocimiento que adquirían individualmente.
Las distintas formaciones que aparecen con músicos sacados de las
big bands de Ellington, tienden a sonar como filiales de Ellington y este disco, en el que participan dos músicos marcadamente
ellingtonianos, es buena prueba de ello. Ray Nance reemplazó a Cottie Williams cuya salida, para unirse a la orquesta de Benny Goodman, sorprendió de tal manera al mundo del jazz que Raymond Scott compuso una pieza que tituló
When Cootie Left The Duke, que traducido es algo así como
Cuando Cootti dejó a Duke. Así pues Ray Nance tuvo que soportar las injustas comparaciones que se hacía cuando él tocaba un solo de Cotti, pero lejos de arrugarse y permaneció junto Ellington unos veintitrés años, tocando el violín y la trompeta convirtiéndose en uno de los principales solistas de la orquesta. Paul Gonsalves, dejó la orquesta de Dizzy Gillespie para unirse a Ellington y pasar a constituirse en uno de los grandes desde
su aparición en el Festival de Newport, allá por 1956. Estos dos músicos son los que dieron color a las dos sesiones de grabación.
La primera sesión de este disco presenta un quinteto compuesto, además de Gonsalves y Nance, por Raymond Fol al piano, Oliver Jackson a la batería y el bajo de Al Hall. El disco fue completado con Norris Turney uniéndose al grupo y el impecable Hank Jones sustituyendo a Raymond Fol en el piano.
Esta entrada es una adaptación libre del texto que aparece en la contraportada del disco que firma Alun Morgan
Título: The Timekeepers
Intérpretes: Count Basie, Oscar Peterson
Otros: John Heard; Louie Bellson
Sello: Pablo Año: 1978 Notas: O. Peterson, piano; Count Basie, piano; Louie Bellson, drums; John Heard, bass.
Un cuarteto con dos pianos, bajo y batería no es una formación habitual pero éste es un buen ejemplo de sus posibilidades. Cuando dos virtuosos del piano se reúnen para interpretar al unísono, magníficamente acompañados por una sección rítmica que acepta lo que algunos podrían entender como papel secundario, es lógico que el resultado sea interesante. Si además sucede que no ansían entrar en la pugna, siempre estéril, del lucimiento personal; ni se afanan en demostrar cual de los dos es más brillante; entonces el resultado puede ser parecido a este The Timekeepers.
Los detractores de estos encuentros de grandes estrellas suelen argumentar, no sin falta de razón, que estas reuniones, son más frutos del interés comercial y económico, que del meramente artístico o musical. Suponiendo que este fuera el motivo que les llevó a grabar una serie de discos a estos dos grandes del piano jazz y como el resultado es el que resulta ser, cualquier diatriba al respecto parece asunto menor. Porque incluso, si el móvil de estas reuniones fuera el crematístico, al valorar el resultado musical es de suponer que eso queda en un segundo plano, que carece de importancia. Nos queda la música y eso es lo relevante.
Rent party es un tema que cada vez que lo escucho me parece más importante. Si este CD comienza con dos temas suaves, delicados y brillantes en su interpretación como son I´m confessin´ (That i love you) y Soft winds, donde los dos hacen un alarde de autenticidad. Inútil detenerse a distinguir uno del otro e innecesario valorar el papel de bajo y batería que por su sencillez resulta magnífica. Ambos pianistas deslizan sus manos por todo el teclado con la maestría que les caracterizan. Quiero decir que no se reparten el teclado, uno lo que correspondería a la mano diestra y el otro a la izquierda ni el silencio de uno deja paso al otro, sino que simultáneamente recorren las teclas componiendo bellas notas llenas de ritmo, sencillez y destreza, mucho blues y algo de un contagioso swing.
No es un disco que los entendidos hayan catapultado hasta la cima musical pero es un goce para escuchar y muy adecuado para quienes se inician en esto del jazz. En definitiva, lo obvio pero que no siempre es así; dos gigantes del jazz siempre puede ser mejor que uno.